El gabinete del doctor Caligari: usos y abusos del poder

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

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El gabinete del doctor Caligari (1920) de Robert Wiene es tal vez la primera película en la historia del cine que tiene como protagonista a un profesional psi(quiatra). Las posturas desencantadas y desesperanzadas, producto de la Primera Guerra Mundial, se ven reflejadas en las producciones de la época en la Alemania de entreguerras, tanto que dio lugar a un nuevo movimiento artístico: el expresionismo. Ya no bastaba con la naturalidad del cine para crear una historia. Ahora se precisaba la exageración en la puesta en escena, en los decorados, en el maquillaje y en las actuaciones mismas, pues los medios convencionales no bastaban para el efecto que se quería producir, para representar los recovecos de la psique humana. Fue así que se recurrió también a una modificación de la forma para expresar un contenido altamente crítico frente a los usos y abusos del poder.

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De hecho, según Siegfried Kracauer (1985), Carl Mayer y Hans Janowitz, los guionistas y autores de la idea original de este filme, querían desenmascarar el absurdo del proceder de varios psiquiatras militares que conoció Mayer y que, reiteradamente, durante la guerra, lo sometieron a exámenes mentales, lo que desarrolló en él una aversión contra estos profesionales. Por otra parte, Janowitz también tenía una postura revolucionaria pues de la guerra, “volvió hecho un pacifista convencido, animado por el odio contra una autoridad que había llevado a la muerte a millones de hombres” (Kracauer, 1985, p. 64). Así, Caligari conjuga la animadversión por una autoridad, encarnada en un profesional psi(quiatra) que puede llevar a la muerte a muchas personas, gracias al poder de su saber y a cómo desde ello puede manipular o hipnotizar las conciencias de sus pacientes. Esta era la idea original, que tuvo una vuelta de tuerca por parte de Robert Wiene pensando en los fines comerciales de un producto cinematográfico. Una idea original que poco más de una década después tendría una dimensión inédita en la historia de la humanidad.

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Este film pone de presente los fines del expresionismo: “traducir simbólicamente, mediante líneas, formas o volúmenes, la mentalidad de los personajes, su estado de alma, su ‘intencionalidad’ también, de tal modo que el decorado aparezca como la traducción plástica de su drama” (Mitry, 2002, p. 268). Por tanto, aquí se pone de manifiesto aquello que planteaba Hegel en sus Lecciones sobre la estética: “por su forma, el arte está limitado a un determinado contenido” (Hegel, p. 13).

REFERENCIAS

Hegel, G.W. F. (2007).  Lecciones sobre la estética.  Madrid: Akal.

Kracauer, S. (1985). De Caligari a Hitler: Una historia psicológica del cine alemán. Buenos Aires: Paidós.

Mitry, J. (2002). Estética y psicología del cine. Tomo I: Las estructuras. 6ª ed. Madrid: Siglo XXI.

Wiene, R. (1920).  El gabinete del doctor Caligari. [Cinta cinematográfica]. Alemania.

14 de febrero de 2012

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Poder sobrenatural: los inicios de los tratamientos psi…

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

Las disciplinas psi (psicología, psicoanálisis, psiquiatría) comparten, como se recuerda con el origen etimológico de su raíz, su interés por la psique o, si se quiere, por el alma del ser humano. Los profesionales de estas disciplinas, especialmente los psicoterapeutas, han sido foco de atención por parte del cine para protagonizar historias que oscilan entre dos estereotipos: o son buenos o son malos. Los buenos terapeutas, como han sido retratados por el cine, trabajan activamente, están profundamente inmiscuidos en los problemas de sus pacientes y sus terapias son altamente efectivas, aun cuando su papel se haya reducido a dar consejos. En cambio, los malos psicoterapeutas pueden ser manipuladores, vengativos, deshonestos o ambiciosos.

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Entre esos retratos estereotipados, igualmente se ha sobrerrepresentado en el cine la “cura por la palabra” o la “catarsis” como tratamiento psicoterapéutico. En efecto, la palabra ha tenido un protagonismo innegable en las psicoterapias tradicionales, acompañada además del trabajo que debe realizar el terapeuta de los factores pertenecientes al terreno de lo imaginario como son la sugestión, el semblante de “sujeto supuesto saber”, aquellos fenómenos que tienen su origen en este registro como la transferencia y la resistencia. Y cuando se hace mención de la sugestión, la historia de la medicina y la psiquiatría no puede desconocer a un personaje fundamental en el descubrimiento y aplicación de los efectos de saber ejercerla. Se trata de Franz Anton Mesmer (1734-1815), el médico alemán que sostuvo la tesis del “magnetismo animal” con el argumento de que “el universo está lleno de un fluido sutil intermedio entre el hombre y el cosmos; la mala distribución de este fluido es el culpable de la enfermedad”, de manera que, según Mesmer, el arte del terapeuta consiste en canalizarlo para llegar a la curación provocando “crisis”. Es preciso recordar que estas prácticas de Mesmer le posibilitaron a James Braid desarrollar la hipnosis en 1842, luego de asistir a una sesión de mesmerismo conducida por Charles Lafontaine, ante cuyos resultados permaneció escéptico y procuró entonces experimentar con su esposa y luego con un amigo, para llegar a formalizar una teoría sobre el hipnotismo.

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La película Poder sobrenatural (1999) de Morten Henriksen, está basada en la novela El quinto invierno del magnetista (1964) del escritor sueco Per Olov Enquist. Se centra en Friedrich Mesner, personaje inspirado en el famoso médico ya mencionado, un curandero que sanará mediante el uso de imanes o de la imposición de sus manos, seducirá, será aplaudido y cuestionado, como a su vez lo fue el personaje histórico. Se pueden encontrar varios paralelismos entre el personaje histórico y el de esta ficción, por ejemplo, la curación de una clavecinista ciega –María Teresa Paradles–, la huida de diferentes ciudades por los escándalos que provocaba, la teatralidad en su forma de trabajar; principalmente este elemento será valioso resaltarlo para pensar sobre el arte de la psicoterapia y el aporte que realizó este médico, tan perseguido en su momento, a la comprensión de la relación psique-soma.

BIBLIOGRAFÍA
Gabbard, K. y Gabbard, G. O. (1987). Psychiatry and the Cinema. United States of America: The University of Chicago.

Henriksen, M. (1999). Poder sobrenatural [Título original: Magnetisørens Femte Vinter]. Suecia, Dinamarca, Noruega.

Postel, J. y Quétel, C. (coords.). (2000). Mesmer, Franz Anton. En Nueva historia de la psiquiatría (pp. 683-684). 2ª ed. México: Fondo de Cultura Económica.

7 de febrero de 2012

Los psi… bajo el escrutinio del cine

CINEFORO FEBRERO 2012

febrero de 2012

Black: un mundo no tan oscuro

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

La noche de la ceguera tiene también sus maravillas.
La noche de la ignorancia y de la insensibilidad es la única tiniebla impenetrable.
Los ciegos nos diferenciamos de los que no lo son, no tanto por el número de los sentidos como por el uso que hacemos de ellos, con la imaginación y el valor, para que nos conduzcan a la sabiduría, la cual se encuentra bastante más allá de nuestros sentidos.
El infortunio de los ciegos es inmenso, irreparable. Pero no nos priva de compartir con nuestros semejantes la acción altruista, la amistad, el buen humor, la imaginación y la sabiduría.
Helen Keller

El cine hindi se ha hecho un lugar de popularidad entre los cinéfilos, con una numerosa producción reconocida a nivel mundial, al punto de ser llamada Bollywood, un término producto de las palabras Bombay y Hollywood, aludiendo a los centros de la industria cinematográfica de la India y de Estados Unidos. Mayoritariamente estas películas combinan las tradiciones indias con los musicales, haciendo de ellas un espectáculo sumamente cuidado del vestuario, la fotografía, las actuaciones, la música. Continúa leyendo Black: un mundo no tan oscuro

De cómo ver con el espíritu: El color del paraíso

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

“Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.”
José Saramago

Majid Majidi se ha caracterizado por trabajar con especial sensibilidad el tema de la niñez. Eso lo pudimos ver con Los niños del cielo (1997) y Barán (2004). Este director iraní nos acerca al modo como percibe Mohammad, un niño ciego de ocho años que estudia en la escuela para invidentes de Teherán. Mohammad, carece de la vista, pero en cambio, su sensibilidad se ha agudizado al punto de conocer el mundo principalmente a través del oído y del tacto; es un niño cuasi místico que se pregunta constantemente por la vida, la existencia y por Dios. Lamentablemente, por su “discapacidad sensorial”, Mohammad es rechazado por su padre, que lo considera un estorbo, alguien de quien debe deshacerse para poder rehacer su vida junto a una nueva esposa.

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Con este filme se pone de presente un tema que está en la agenda de la educación: la inclusión. En la medida en que desde la escuela se logre la inclusión en lugar de la exclusión, se puede tener la esperanza de que la sociedad, algún día, sea incluyente, sin discriminaciones de ningún tipo, en el que se aprecien las diferencias, aceptando que estas pueden constituir fortalezas para la sociedad misma. Claro ejemplo de ello podría ser Mohammad, quien percibe de manera diferente, y aunque esté limitado de la visión física, su visión espiritual le permite estar más alerta a las necesidades de los otros –naturaleza incluida–. Así, y acorde con el epígrafe extractado del Ensayo sobre la ceguera de José Saramago, podemos preguntarnos si nosotros viendo, realmente somos “ciegos que vemos”, pero que no vemos lo esencial. No nos percatamos del llamado del otro que nos necesita, del canto de los pájaros, de los colores del amanecer o del atardecer, de lo que nos dicen los silencios de los seres queridos, del grito silencioso de un alma sufriente.

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Mohammad, como tantos otros ciegos, nos enseñará entonces, a ver con el espíritu. El color del paraíso, nos sumergirá en el mundo subjetivo de un niño invidente, con una visión despejada de prejuicios y atenta a los otros detalles de la naturaleza: olores, sonidos, sabores y texturas.

18 de octubre de 2011

“Yo, también”… soy una persona

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

Primeramente discrepo del hecho de que se considere al Síndrome de Down como una enfermedad. Para mí es una característica más de la persona. Por ejemplo yo estoy muy bien y muy sano. No se nos puede tratar como a un enfermo. Además existen muchos otros prejuicios.
Pablo Pineda

Es común el sentimiento de desconsuelo y desesperanza en padres que al tener a su hijo descubren que es síndrome de Down. Pero para los padres de Pablo Pineda –el actor que protagoniza la película Yo, también (2009) y el primer universitario titulado en España que es síndrome de Down–, no marcó ninguna diferencia. Este era su cuarto hijo y lo trataron como a los tres primeros. Se crió entonces en un ambiente favorable, que no lo incapacitó, antes bien, llegó a ser un niño adelantado al leer a los cuatro años de edad, contra cualquier pronóstico médico.

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Al cumplir seis años, un profesor de la primaria le preguntó a Pablo si él sabía que era síndrome de Down. Él respondió negativamente, a lo que el profesor le explicó en qué consistía y él, a su vez, llegó a la conclusión que parecía inevitable: “es decir, que soy idiota”. Su profesor tuvo la sensatez de negar esto, que para otros sería una verdad indiscutible y le permitió proseguir su educación. No obstante, al pasar al bachillerato, en el instituto los profesores hicieron una jugada considerada ilegal en España: se reunieron a votar para determinar si lo admitían en el instituto, pues no esperaban que un chico con síndrome de Down pudiera acceder a ese nivel de educación. Allí Pablo Pineda se dio cuenta de que la vida en general, desde lo académico, lo relacional y lo laboral, no le sería fácil; comprendió que tendría que ganarse a sus compañeros con su simpatía y a los profesores con lo cognitivo: “Les preguntaba en clase, me interesaba y eso los descolocaba”. Desde entonces su batallar ha sido duro, procurando poner en entredicho los prejuicios que la sociedad en general tiene ante las personas con síndrome de Down.

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La sociedad parece querer negar lo que resulta evidente: es ella, la que con sus prejuicios limita en mayor medida a las personas diferentes. En el caso de Pablo Pineda, quien además de poseer título de licenciado y de psicopedagogo, habla catalán, castellano, italiano e inglés, algunos procuran explicar sus capacidades con el argumento de que es un “mosaico”, es decir, un tipo de síndrome de Down en que no se ven afectadas todas las células, por lo que la “discapacidad intelectual” es más leve. Pablo Pineda es enfático al aclarar que sus exámenes demuestran que no es de ese tipo; al contrario, considera que las diferencias no se explican genética sino culturalmente. Él es un ejemplo de ello, pues sus padres lo trataron normalmente, por ello considera que los padres son fundamentales en el desarrollo de las personas con síndrome de Down como lo expresa en una entrevista:

Por desgracia los padres cuando ven un hijo con Síndrome de Down desconfían, no apuestan a veces lo que deberían por su hijo porque no son conscientes de sus capacidades. Eso es lo que me diferencia en gran medida del resto de Síndrome de Down. Es fundamental no sobreproteger a esos niños, que tengan la libertad de desarrollar sus actitudes. (Pineda, 2011).

Yo, también (2009) de Antonio Naharro y Álvaro Pastor, fue una película que en el Festival de San Sebastián de ese año despertó las conciencias de muchas personas y puso sobre el tapete un tema tabú: la sexualidad de las personas con síndrome de Down, pues como si fuera poco, este es otro aspecto vetado o prohibido para ellos desde la familia, la escuela hasta la sociedad en general. Para el mismo Pineda, este filme es un mensaje de amor sin condiciones, sin barreras: “los síndrome Down somos personas, tenemos necesidades de amar y ser amados. (…) Yo quiero ser normal para amar y ser amado. Me gustaría que la gente saliera pensando. Es una óptica distinta” (Pineda, 2009, párr. 4).

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Pero esta cinta no sólo logra credibilidad por la actuación de una persona con toda la autoridad en el tema, sino también porque entre los creativos y productores de la misma, tenían nexos sanguíneos con personas con síndrome de Down. Así, uno de los directores, Antonio Naharro, tiene una hermana Down llamada Laura, que actúa en ella, en la academia de danza, que es un proyecto de renombre en España: Danza Móbile, dedicada netamente a trabajar con personas con discapacidad intelectual, “en los circuitos normalizados de danza, con la intención de que, público, crítica y mercado, valoren su calidad artística al margen de su discapacidad”. Por otra parte, el productor, Julio Medem, tiene una hija síndrome de Down. Tal vez esto contribuye a que el filme tenga una mirada humana, no morbosa ni sensacionalista.

Referencias
Hiperactividad. (29 de abril de 2011). Entrevista Pablo Pineda. Recuperado de http://hiperactividad.webnode.es/news/entrevista-pablo-pineda/

Olmo. (23 de septiembre de 2009). Pablo Pineda, protagonista en Donostia. Recuperado de http://www.precriticas.com/blog/pablo-pineda-protagonista-en-donostia/

11 de octubre de 2011

Mi pie izquierdo: la parálisis cerebral cuestionada

Sonia Natalia Cogollo-Ospina

Christy Brown nació en Irlanda en 1932 con una parálisis cerebral atetoide de origen perinatal. Gracias al apoyo de sus padres, principalmente de su madre, pudo mostrarle al mundo que, si bien no controlaba los movimientos de sus brazos, manos y cabeza, tenía una inteligencia superior y unas capacidades artísticas notables que le permitieron ser un pintor reconocido y un hábil escritor que supo transmitir a las personas del común la vida y el sentir de alguien con este trastorno.

En esta película Jim Sheridan sitúa a la perfección no solo el destino de este héroe, sino que además documenta bien el Dublín en que se crió Christy Brown, con el alcohol, la pobreza y el hacinamiento de por medio, con unos personajes secundarios ricos en matices y que realmente contribuyen al desarrollo de la historia de su vida.

Además de Christy Brown, la otra gran protagonista en esta historia real fue su madre, quien al notar en su hijo ciertos signos de alarma, acudió a los médicos, obteniendo de estos el diagnóstico de “retraso mental”, añadiendo que se trataba de “un caso interesante y sin esperanza” (Brown, 2005, p. 10). Ahí comenzaron justamente, las luchas de su madre por demostrar a todos que su hijo no era un retrasado mental, pues, a su parecer, carecía de evidencias de que, aunque su cuerpo estuviese paralizado, su cerebro también lo estuviera.

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Se podría afirmar que el libro autobiográfico de Christy Brown, Mi pie izquierdo, publicado originalmente en el año 1954 y en el que se basa la película, es un homenaje a la constancia de su madre, a su perseverancia, a su obstinación en demostrar que no era ningún retrasado mental. Para ello se citan algunos fragmentos del escritor irlandés, mucho más elocuentes sobre lo que puede realizar el amor de una madre:

Al darse cuenta de que los médicos no le hacían ningún bien diciéndole que ella no tenía nada que esperar de mí, o dicho de otro modo, que debía olvidarse de que yo era no un ser humano, sino una cosa a la que alimentar, lavar y cuidar constantemente, mamá decidió entonces arreglárselas por sí misma. Yo era SU hijo y, por tanto, un miembro de SU familia. No importaba todo lo torpe e inútil que fuera, porque ella tomó la determinación de tratarme exactamente igual que a mis demás hermanos y nunca como la “cosa extraña” del cuarto trasero de la que nadie habla, y menos cuando hay visita.
Ésta fue una decisión trascendental para mi futuro. Significó que siempre tendría a mi madre a mi lado para ayudarme a combatir todos los obstáculos que se me presentaran, y para infundirme ánimos cada vez que me encontrara abatido. No fue una decisión fácil para ella, porque nuestros parientes y amigos tenían prevista otra cosa. Querían que se me tratara con afecto y ternura, pero nunca tomarme en serio. Eso sería una equivocación. “Por tu propio bien –le decían–, no trates a este chico como a los demás; al final sólo vas a conseguir que se te parta el corazón.” Por fortuna para mí, papá y mamá se mantuvieron firmes en contra de esta opinión. Pero mamá no se limitaba a afirmar que yo no era un retrasado mental, sino que quiso también demostrarlo, no porque tuviera un concepto estricto de sus obligaciones para conmigo, sino simplemente por amor. Precisamente por eso saldría victoriosa en esta prueba.
[…]
Transcurrieron cuatro años, y yo ya había cumplido cinco, pero seguía necesitando de los mismos cuidados que si fuese un recién nacido. Mientras mi padre se ganaba la vida colocando ladrillos, mamá, lenta y pacientemente, echó abajo el muro, también ladrillo a ladrillo, que parecía alzarse entre los demás niños y yo pasando entre los densos cortinajes tras los que se ocultaba mi inteligencia y apartándolos. Fue una tarea ardua y angustiosa, porque ella no iba a obtener de mí más que una sonrisa difusa o un débil balbuceo. Yo no era capaz de hablar ni silabear, ni tampoco de ponerme de pie o de dar un solo paso sin ayuda de nadie. Pero no por eso era alguien pasivo e inerte. Más bien estaba como agitado por un continuo movimiento, un movimiento tan violento como el de una serpiente, que sólo me abandonaba durante el sueño. Mis dedos estaban constantemente contraídos, mis brazos se retorcían hacia atrás y mi cabeza se ladeaba. Yo era un enfermo, en resumen, un disminuido. (Brown, 2005, pp. 10-11).

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Otro elemento decisivo para la puesta en cuestión sobre la incapacidad que supone esta enfermedad, fue la estancia de Christy Brown en la Clínica de Merrion Street donde todo el personal ofreció un trato no excluyente hacia las personas con parálisis cerebral –o con otras dificultades–, obteniendo magníficos resultados entre sus pacientes. La reflexión de Brown al respecto es bastante diciente:

Darnos amistad y confianza era tan necesario para nosotros como la asistencia médica. Porque no solamente sufrían nuestros miembros, sino también nuestros espíritus; nuestro interior requería más atención que nuestros brazos y piernas deformes. Un niño con una boca torcida y unas manos deformes puede desarrollar rápida y fácilmente comportamientos también deformes hacia sí mismo y hacia la vida en general, sobre todo si se le deja crecer con ellos y no se le presta ayuda. Al permitir que el concepto de “diferencia”, respecto de los otros chicos, arraigue en su cerebro, crecerá en su interior durante la adolescencia y probablemente durante la madurez, por lo que al final habría pasado por la vida como un espíritu tan deforme como su cuerpo. La vida llegaría a ser para él un reflejo de su propia deformidad, de sus propios padecimientos emocionales.
Pero en la clínica todo era diferente. Por así decirlo, allí estábamos en nuestro ambiente. Las personas que nos rodeaban tenían similares incapacidades a las nuestras, y, a veces, peores. Podíamos comprobar que nuestra “diferencia” no lo era tanto, después de todo. Después de habernos considerado a nosotros mismos como parásitos y cargas para los demás, poco a poco, nos dimos cuenta de que hay personas comprensivas, personas capaces de dedicar realmente sus vidas a ayudarnos, y a conseguir que nos aceptáramos a nosotros mismos. Al final, con nuestros sentimientos se había forjado algo positivo. (Brown, 2005, p. 114).

Este caso es un claro ejemplo de lo que puede realizar el trato digno, no compasivo ni lastimero, hacia las personas con capacidades diferentes.

Referencias
Brown, Ch. (2005). Mi pie izquierdo. 2ª ed. Madrid: Rialp.
Sheridan, J. (Director). (1989). Mi pie izquierdo. [Cinta cinematográfica]. Irlanda y Gran Bretaña: Granada Film y Noel Pearson Productions. 103 min.

4 de octubre de 2011